¿Diáspora laboral o diáspora de víctimas? Una mirada crítica al desplazamiento de la comunidad coreana hacia Cuba (1905-1921)

 

¿Diáspora laboral o diáspora de víctimas? Una mirada crítica al desplazamiento de la comunidad coreana hacia Cuba (1905-1921)

Por: Lic. Gabriela de la Rosa Domínguez

El presente artículo se deriva de la investigación Inventario del Patrimonio Cultural Inmaterial de los descendientes de la diáspora coreana en Cuba, residentes en La Habana, realizada por la autora para el Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana. Los datos primarios, testimonios y hallazgos que sustentan este texto provienen de dicho inventario, complementados con fuentes historiográficas sobre la migración coreana hacia el Caribe.

 

La presencia coreana en Cuba suele narrarse como un capítulo más de la migración laboral asiática hacia el Caribe. Sin embargo, reducir esa trayectoria a la categoría de «migración laboral» implica aceptar una premisa que la evidencia histórica no sostiene: que los coreanos que llegaron a la isla en 1921 eran trabajadores en busca de oportunidades. El examen de su punto de partida —la Corea ocupada por Japón— revela una realidad distinta: se trataba de una colectividad desplazada por la violencia geopolítica y la pérdida de soberanía nacional.

 

Corea bajo ocupación: el origen de un desplazamiento que no fue elección

 

La anexión formal de Corea por Japón en 1910 no fue un hecho aislado, sino la culminación de un proceso de penetración colonial que había comenzado décadas antes. Bajo el dominio japonés, la península coreana fue sometida a un régimen de explotación agrícola, despojo de tierras y represión política que empujó a miles de campesinos y trabajadores al éxodo. La emigración coreana de principios del siglo XX —hacia Manchuria, Hawái, México y, más tarde, Cuba— no puede leerse como una corriente voluntaria de mano de obra, sino como una huida frente a un sistema colonial que desarticulaba las estructuras económicas y sociales del país.

El caso coreano en Cuba se sitúa, por tanto, en una zona gris entre dos formas de entender el desplazamiento: aquella en la que la comunidad elige su destino en busca de trabajo, y aquella en la que se ve expulsada por factores que escapan a su control. Si bien el motor inmediato fue la contratación como mano de obra en las haciendas henequeneras de México, las condiciones estructurales que hicieron posible ese desplazamiento —la ocupación japonesa, la imposibilidad de retorno, la precariedad económica— lo alejan de una migración laboral convencional y lo acercan a un desplazamiento forzado.

La crítica a esta categorización no es un ejercicio teórico. Etiquetar la experiencia coreana en Cuba como simple «migración laboral» invisibiliza el carácter forzado de su trayectoria y borra la violencia geopolítica que la hizo posible. El punto de partida, entonces, no es Yucatán ni el vapor Tamaulipas, sino Corea bajo ocupación. Es allí donde comienza la historia de un desplazamiento que no fue elección.

 

 

De Corea a Yucatán: el enganche henequenero como despojo

 

El primer desplazamiento de la comunidad coreana no tuvo como destino Cuba, sino México. En 1905, un contingente de poco más de mil coreanos —entre ellos mujeres y niños— llegó a la península de Yucatán contratado para trabajar en las haciendas henequeneras. La contratación se realizó a través de intermediarios que operaban en condiciones de absoluta opacidad, y las condiciones de trabajo en las plantaciones se acercaban a formas de explotación que la historiografía ha calificado como cercanas a la esclavitud.

Los coreanos no fueron los únicos asiáticos sometidos a este régimen —compartieron destino con trabajadores chinos y con la población maya—, pero su situación tenía una particularidad: la imposibilidad de retorno. A diferencia de otros migrantes que podían regresar a su país de origen una vez vencidos sus contratos, los coreanos se enfrentaban a una patria ocupada por Japón, donde el retorno no solo era económicamente inviable, sino políticamente peligroso. La península coreana estaba bajo un régimen colonial que perseguía cualquier expresión de identidad nacional.

Al vencer sus contratos en Yucatán, los coreanos quedaron atrapados en un limbo jurídico y económico. El gobierno mexicano no les garantizaba derechos plenos, la sociedad yucateca los discriminaba abiertamente y el retorno a Corea era imposible. En ese contexto, un segundo desplazamiento —esta vez hacia Cuba— se presentó como la única salida posible. No fue una elección económica en busca de mejores salarios, sino una huida hacia adelante frente a un entorno que los marginaba y una patria que ya no podía recibirlos.

La experiencia de este primer desplazamiento dejó una huella profunda en la memoria de la comunidad. Los relatos de la primera generación nacida en México dan cuenta de una fractura familiar inherente al proceso: madres coreanas que criaron a sus hijos en México, hijos que nacieron en tierras mayas y que luego fueron trasladados a Cuba sin haber conocido nunca Corea. Esa acumulación de desarraigos —Corea, México, Cuba— definiría la identidad de la diáspora.

 

 

El vapor Tamaulipas: 1921, el segundo desplazamiento

 

El 25 de marzo de 1921, un grupo de aproximadamente 300 coreanos arribó al puerto de Manatí, en la provincia de Las Tunas, a bordo del vapor Tamaulipas. La cifra exacta varía según las fuentes —algunas mencionan 288 personas reclutadas, otras redondean a 300—, pero lo relevante es que se trataba de una comunidad completa, con ancianos, mujeres y niños, que había sido trasladada desde Yucatán en condiciones precarias y con un horizonte de incertidumbre absoluta.

La operación tuvo un intermediario coreano identificado en las fuentes como Lee Hae-young, quien gestionó el traslado con las autoridades cubanas y los dueños de plantaciones. Este detalle es significativo: la explotación no fue solo producto de la indiferencia estatal o de empleadores extranjeros, sino que también involucró a connacionales que lucraron con el desplazamiento de sus compatriotas.

Esa doble condición —coreanos de origen, mexicanos de nacimiento, cubanos por adopción forzada— define la particularidad de esta diáspora. No se trataba de una migración homogénea, sino de una colectividad que ya había experimentado un proceso de desarraigo previo y que llegaba a Cuba con conocimientos técnicos adquiridos en México —el cultivo de fibras naturales, el trabajo del henequén— que resultarían fundamentales para su inserción económica en la isla.

La llegada del Tamaulipas no fue, sin embargo, un final feliz. Cuba atravesaba en 1921 una de las peores crisis azucareras de su historia: el precio del azúcar había caído drásticamente desde los niveles excepcionales alcanzados durante la Primera Guerra Mundial, dejando a los cultivadores en una situación de desempleo e inflación. En ese escenario de precariedad, la pericia técnica de los coreanos en el trabajo del henequén motivó su rápido desplazamiento hacia el occidente del país, estableciéndose en las fincas de Matanzas, con especial énfasis en la finca «El Bolo». Para estos sujetos, que habían experimentado dos procesos migratorios sucesivos y experiencias de explotación cercanas a la esclavitud, el trabajo en el henequén no fue una elección económica, sino el único refugio posible frente a un sistema que los marginaba.

Pero en medio de ese doble traslado —de Corea a México, de México a Cuba—, la comunidad no se limitó a sobrevivir. El 14 de junio de 1921, menos de tres meses después de su llegada, los coreanos fundaron la primera Asociación Coreana de Cuba en la finca El Bolo, en Matanzas. En un contexto de desarraigo acumulado, esa organización temprana representó algo más que una respuesta inmediata a las circunstancias: fue la forma en que la comunidad “encontró un hogar” en medio del desplazamiento. La Asociación se convirtió en el espacio donde la memoria, la lengua y la identidad compartida pudieron sostenerse frente a la dispersión. No era la patria que habían dejado atrás, pero era un lugar propio construido en tierra ajena.

 

 

¿Laboral o de víctimas? Una tensión tipológica

 

La trayectoria de la comunidad coreana hacia Cuba plantea una pregunta que la historiografía ha resuelto con demasiada frecuencia de forma simplista: ¿se trata de una diáspora laboral o de una diáspora de víctimas? La respuesta, como hemos visto, no es unívoca.

Robin Cohen (2008) distingue entre diásporas de víctimas —caracterizadas por desplazamientos forzados, como el caso armenio o el judío— y diásporas laborales —caracterizadas por la migración en busca de trabajo, como el caso chino o indio en el Caribe—. El caso coreano en Cuba participa de ambas categorías. Por un lado, el motor inmediato del desplazamiento fue la contratación como mano de obra en las haciendas henequeneras de México, lo que lo acerca a la diáspora laboral. Por otro, las condiciones estructurales que hicieron posible ese desplazamiento —la ocupación japonesa de Corea, la imposibilidad de retorno, la precariedad económica— lo acercan a la diáspora de víctimas.

Esta hibridez no es una anomalía, sino la condición normal de muchas diásporas del Sur global. Como advierte Brubaker (2005), el concepto de diáspora exige la presencia simultánea de tres dimensiones: dispersión en el espacio, orientación hacia el lugar de origen y preservación de fronteras identitarias. La diáspora coreana en Cuba cumple las tres: se dispersó por el Caribe, mantuvo una orientación hacia Corea —incluso cuando el retorno era imposible— y preservó fronteras identitarias a través de la memoria y la organización comunitaria. Lo que no cumple es la etiqueta de «migración laboral» que se le ha impuesto, porque esa etiqueta presupone una agencia que los coreanos no tuvieron en el momento de su desplazamiento.

La crítica a la categorización no es un lujo teórico. Etiquetar la experiencia coreana en Cuba como simple «migración laboral» invisibiliza el carácter forzado de su trayectoria, borra la violencia geopolítica que la hizo posible y despoja a la comunidad de su condición de sujeto desplazado. La diáspora coreana en Cuba no fue una corriente de trabajadores en busca de oportunidades, sino una colectividad que atravesó dos desplazamientos sucesivos —Corea a México, México a Cuba— en condiciones de precariedad y desarraigo. Reconocer esa condición no es un ejercicio de victimización, sino de justicia histórica.

El vapor Tamaulipas no trajo a Cuba a un grupo de migrantes laborales. Trajo a los sobrevivientes de un doble destierro que, a pesar de todo, encontraron en la Asociación el primer lugar propio en tierra ajena.

 

Referencias Bibliográficas:

 

Ahn, K.-Y. (2003). 초기 멕시코 한인 이주민의 쿠바 정착 과정 [Proceso de asentamiento en Cuba de los primeros coreanos de México]. 스페인어문학 [Estudios de Lengua y Literatura Españolas], (28), 671–691.

 

Brubaker, R. (2005). The ‘diaspora’ diaspora. Ethnic and Racial Studies, 28(1), 1–19. https://doi.org/10.1080/0141987042000289997

 

Cohen, R. (2008). Global diasporas: An introduction (2nd ed.). Routledge.

 

De la Rosa Dominguez, G. Inventario del Patrimonio Cultural Inmaterial de los descendientes de la diáspora coreana en Cuba, residentes en La Habana. Colegio Universitario San Gerónimo de La Habana (La Habana, 2026)

 

Díaz, D. (2021, 22 de marzo). Entrevista al Sr. Antonio Kim: la diáspora coreana en Cuba a 100 años de su llegada. Korea.net.

https://spanish.korea.net/NewsFocus/HonoraryReporters/view?articleId=196234

 

Otras bibliografías consultadas:

 

Korea.net. (2024, 3 de diciembre). ‘El establecimiento de las relaciones diplomáticas entre Corea y Cuba es la respuesta a un anhelo esperado durante 65 años’. https://spanish.korea.net/NewsFocus/Policies/view?articleId=249709

 

Ruiz, R. R., & Lim Kim, M. (2000). Coreanos en Cuba. Fundación Fernando Ortiz.

 

Valdés, R. A. (2025, 15 de agosto). Explotación y resistencia: la historia de los coreanos independentistas en México y Cuba. SWI swissinfo.ch.

 

 

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